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La Gloria de Don Ramiro

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Antiguo estrado: salón en la casa del abuelo de don Ramiro >>


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Descripciones modernistas

Don Alonso Blázquez Serrano

Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de rareza o de arte era sobradamente sincero; pero sabía también que el culto ostensible de aquella pasión ponía una orla incomparable a la vida señoril, y, desde temprano, sirviéndose de sus amigos de Milán y Venecia, comenzó a reunir en su casa un verdadero tesoro.
Los objetos que herían la imaginación del hidalgo con más sutil embeleso eran sus vidrios y marfiles. Éstos, fríos, tersos y cuasi dorados provocábanle indecible entusiasmo. Tenía gestos de verdadero amor para cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubiérase dicho que sus manos oprimían con fraternidad aquella aristocrática y pálida materia, donde los rayos del sol remedaban un rubor interno de sangre.
Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesas fabricadas de minúsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas de Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorpórea, y de una fina manera el azogado cristal invertía, como un estanque, el precioso florecimiento.
Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivir centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la generación innumerable, habían sido exornados de mascarones y de imprevistas alimañas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en la gran época visionaria de la cristalería. Vidrios turbios, de un glauco tinte lodoso como el agua de los canales, de la cual aparentaban haber tomado toda su fantasía. Su manejo educaba la mano mejor que los marfiles. Don Alonso los tomaba con cuidado infinito, como si un movimiento poco armonioso pudiera quitarles la vida. Un amigo suyo, un pintor formado en Venecia, a quien llamaban el Greco, habíale enseñado a mirarlos de noche en un rayo de luna. Sobre la vaga substancia la luz astral rielaba un reflejo fosforescente. Entonces, cual si hubiera caído en su pupila la gota de un filtro, don Alonso creía respirar el olor de la noche sobre las aguas, veía las escamosas estelas, las aturquesadas blancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeños canales internados en el misterio.
Así, por la virtud del fluído cristal, aquel hidalgo, desde su reseca y polvorosa Castilla, creíase transportado a la ciudad de las lagunas, donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.

Larreta, Enrique. La gloria de Don Ramiro. Bs. As., Kapelusz, 1972, Primera Parte, Cap. 5, p. 78-79.

Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminóse lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer de su interior una tela de seda, teñida de azafrán y toda bordada de arabescos multicolores, un intenso perfume se difundió en el ambiente, como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo maduro de aromas. [...]
De pronto, de una estancia vecina surgió el son ronco y claro de una música. Un son monótono y bárbaro de tamboril y dulzaina; doble son, ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.
Aixa golpeó entonces las lozas con los pies, haciendo repiquetear el oro y el marfil que recargaban sus tobillos, y, con los ojos abstraídos, giró sobre sí misma, esparciendo perfumada frescura, cual húmeda flor sacudida de pronto. Luego, púsose a girar ligero, muy ligero, más ligero todavía, frenéticamente, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso diáfano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de brazaletes y ajorcas.

Larreta, Enrique. La gloria de Don Ramiro. Bs. As., Kapelusz, 1972, Primera Parte, Cap. 15, p. 141-142.

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Paisaje nocturno

[...] Ramiro dejó secretamente su casa, ya entrada la noche. Había escogido su daga más fuerte y la espada que le diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz. Bajo la capa, y colgada del cinto, llevaba también una rodela toledana. Sentíase grande y temible como los héroes de las caballerescas historias. Bajó hacia el arrabal. Era una noche diáfana de plenilunio. Oíase la extensa estridulación de los grillos en el valle y el croar numeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal, invisible en la sombra, hacía latir su cencerro.
Las montañas parecían soñar misteriosamente, como seres sublimes, en el plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalaban deliciosa respiración de beatitud, de sosiego, de frescura.
La fantasía clara y augusta de la noche prodújole al mancebo una emoción peculiar, que se repetía en su ánimo desde la infancia y que vino a distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella empresa, un cielo en que sólo brillasen las constelaciones hablando al espíritu de los muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trágica, espectral, agorera. Su resplandor hacía pensar en mortajas errantes, en animales diabólicos, en fantasmas de monjes que celebraban los oficios entre las ruinas de conventos demolidos. Las brujas realizaban sus conjuros y adobaban sus ungüentos a favor de aquella lumbre maléfica, que desconcertaba las potencias y parecía atraer la sangre del hombre.
Un pájaro invisible graznó en los aires, a su izquierda. ¿Sería una corneja?

Larreta, Enrique. La gloria de Don Ramiro. Bs. As., Kapelusz, 1972, Primera Parte, Cap. 17, p. 152-153.

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Animización de los objetos y de la naturaleza, que reflejan el estado de ánimo de Ramiro

[...] Un espeso nublado, cuya cepa debía prolongarse hacia el naciente, asomaba por encima de las murallas. A pesar de tener cabe sí un brasero con lumbre, Ramiro sentía colarse por las rendijas ese estremecimiento glacial de la atmósfera que anuncia la nevasca. Las losas de la calle y los sillares de los palacios tomaban tonos lívidos, ateridos. El viento ululaba.
Era uno de esos días de invierno en que el alma se siente apartadiza y doméstica y todo el ser se arrellana en su propio egoísmo. ¡Cuán mágico sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento, entre las cuales el continuo soñar ha ido adhiriendo a las cosas compañeras indefinida confidencia y algo como nuestro propio dejo espiritual! El cerrojo lanza una interjección huraña y reconfortante, y el ascua nos recibe con su ardiente fascinación que amodorra los anhelos y desapega de todos los afanes del siglo.
Una enorme hostilidad se cernía. El cielo estaba ceñudo, el aire maligno y poblado, quizás, de espíritus dañosos. Las lúgubres consejas, escuchadas allá en la torre, en los días de la niñez, volvían a la memoria del mancebo. A veces, un remolino de polvo y de briznas, junto a alguna chimenea, le inquietaba. Hubiérase dicho que un miedo mudo hacía palidecer todas las cosas, la teja, la ventana cerrada, el árbol de los patios. [...]
¡Cuán sabrosa aquella su pereza junto a la lumbre! Soñó en la paz de los monasterios, en la ascética fruición de la celda durante las noches de invierno, en la deliciosa somnolencia de los rezos en los coros obscuros, entre el olor eclesiástico de los viejos barnices, de la cera, del incienso.

Larreta, Enrique. La gloria de Don Ramiro. Bs. As., Kapelusz, 1972, Primera Parte, Cap. 22, p. 178-179.

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Danza de Beatriz

[...] Todos pedían danzas diferentes: la pavana, la alemana, el pie del gibao, la gallarda. El alférez dijo, a su vez: ¡per Baco! la gallarda, y tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de ella un pañizuelo perfumado.
Dieron cinco pasos y después los perdieron. Los instrumentos sonaban con anticuada languidez y el lucido soldado conducía majestuosamente a la niña con la pompa señoril de aquella danza de los abuelos. Ella le miraba embebecida; ora ofreciéndose como una criatura del aire levantada por la onda de las vihuelas; ora evitándole con un apicarado temor en algún apresuramiento del ritmo. Su embeleso embriagaba, enloquecía. Un lacayo acababa de abrir las maderas de una ventana, y la niña pasaba ahora de la sombra a la claridad, como una visión arrastrando en pos de sí la bruma de los sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difícil, estallaba en la tarima una brusca aclamación. Ramiro sentíase reducido, anonadado por aquel triunfo. Era un sentimiento imprevisto. Parecíale, por momentos, que su alma toda se iba también en pos de aquel faldellín, como el humo rastrero.
Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el baile del polvillo. Beatriz [...] adelantóse hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogiéndose apenas la falda con ambas manos, y mirándose ella misma los pies, púsose a repicar sobre el tapiz oriental un loco chapineo, tan recogido, que hubiese podido bailarlo en un plato.
Ella cantaba:
Pisaré yo el polvico
tan a menudico,

y los que estaban en la tarima contestaban a un tiempo, al son de las guitarras:
Pisaré yo el polvó
tan a menudó.
[...]
Beatriz postróse por fin como extenuada sobre el almohadón de terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más intenso. [...]

Larreta, Enrique. La gloria de Don Ramiro. Bs. As., Kapelusz, 1972, Primera Parte, Cap. 28, p. 214-215.

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Antiguo estrado: salón en la casa del abuelo de don Ramiro

Era, sin duda, extraño el aspecto de aquel recinto. Entapizaba sus muros viejos terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de las goteras, y coriáceo, reseco hacia los bordes, como el velludo que se desprende y retuerce sobre las viejas arcas mortuorias. A uno y otro lado se veían sillas de roble incrustadas de marfil, y bargueños, bufetes, contadores, donde el trabajo de la carcoma remedaba los ojos del alcornoque. Terrosa adherencia mataba el brillo del bronce, del nácar, de la concha. ¡Muebles casi espectrales! Las antepuertas, los tapices y todas las colgaduras, cubiertas de telaraña, pendían con hipnótica apariencia, y el polvo aclaraba, a manera de luz, los pliegues de medio siglo. [...]
La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de antiguos galanes, dividía en dos partes el estrado y, sobre la encorchada tarima, almohadas polvorientas conservaban aún la presión de cuerpos femeninos. Un residuo ilusorio de remotos galanteos parecía perdurar a manera de viejo perfume o como polvo de ramilletes en los cofrecillos de las ancianas.

Larreta, Enrique. La gloria de Don Ramiro. Bs. As., Kapelusz, 1972, Segunda Parte, Cap. 3, p. 237-238.

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Último encuentro de Ramiro con Beatriz

[...] Cuando Ramiro se halló en lo alto del cubo, apoyó su espalda contra las almenas y se puso a esperar. Incomprensible apatía le inundaba; una inconciencia, una vaguedad de emoción, comparables al comienzo de la embriaguez. Su razón meditaba sin comprender. La frescura de la noche hacíale sonreir.
Abajo, profundamente, los altozanos ondulaban con color fosco de acero. El Convento de la Encarnación, con sus tristes paredes pálidas, adormía en la noche sus sosiego santo. Tenue claridad flotaba sobre la morada de pureza y de pasión, como si sus tapias encerrasen algún milagroso huerto. Nubes bajas, resquebrajadas como témpanos, cubrían el cielo, dejando transparentar esa temerosa luz cenicienta favorable a todos los ensalmos. Los gallos cantaban por momentos, como su comenzase la aurora. Un perro latió de modo lúgubre al pie de la muralla.
De pronto, oyóse en la escalera sedoso crujir de vestidos.
Ramiro se irguió.
Cubierta de un velo obscuro, una mujer acababa de aparecer sobre la torre; su mano, enguantada, abatió con gracia el embozo. La pálida tez de Beatriz resplandeció entonces con blancura de mármol, y sus lustrosos cabellos, ceñidos por un aro de oro, tomaron en la noche azulado pavón de armadura sombría. Dos mechones se desprendieron de los demás, vibrando en el aire como doble serpiente.
Anchos galones de plata recamaban la falda color zafiro, mientras la tela del jubón desaparecía bajo cuentas y canutillos, cota de abalorio cabrilleando sin cesar como el agua intranquila. La doncella levantó el rostro con los ojos entrecerrados, quedándose inmóvil un instante. Sus labios parecían sorber la flúida claridad que bajara del cielo.
Ramiro se sintió como enloquecido ante aquella aparición. Todo su ser no fue sino un brusco frenesí, una llama que se estira para devorar el velo cercano. Era Beatriz la que estaba ante él, su Beatriz, su señora, divinizada por la magia de la noche y del silencio. Olvidó su sospecha; [...] olvidó como un ebrio, como un insano, que llevaba las ropas de otro hombre; olvidó la máscara que ocultaba su rostro; y parecióle que, después de un sueño desesperante, se encontraba por fin con su amada, esposo y señor, sobre la torre de encantado castillo. Caminó hacia ella y asióla con dulzura. Beatriz se resistió débilmente; en su labio, humedecido, temblaba una lucecilla azul, una gota de luna.

Larreta, Enrique. La gloria de Don Ramiro. Bs. As., Kapelusz, 1972, Segunda Parte, Cap. 7, p. 281-282.

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Vista de Toledo

Frente a él [Ramiro], en la margen opuesta, Toledo se extendía de naciente a poniente, escalonando sobre el alto peñón sus tejados grises, sus pálidas paredes, sus torres numerosas. Liso y vertiginoso escarpamiento caía desde la ciudad hasta el fondo de la angostura, cubierto al parecer de vieja ceniza deleznable, como si el fuego de Dios hubiese pasado por allí, arrasando toda raíz y toda simiente. Ramiro pensó con religioso espanto en las cuestas del eterno castigo que los réprobos tienen que trepar con los pies y con las manos, para caer de nuevo en las ondas inflamadas y volver a trepar y a caer sin perdón y sin tregua, indefinidamente.
Sentóse sobre un peñasco.
El río se deslizaba a una gran hondura entre rocas herrumbradas y fieras. Parecióle un río de culpas y expiaciones, como los que forja la imaginación al pensar en los infiernos. Hubiérase dicho que dolorosos espectros pasaban en procesión, allí abajo, rozando las ondas con sus colgantes velos obscuros.
Entretanto, el caserío tomaba con la hora desolada blancura de huesos en el yermo, y toda la ciudad, mirada a distancia, a través de la vibradora penumbra, parecía una ciudad de otro mundo, una ciudad fuera de la vida y del tiempo, mística y anhelosa como los salmos.
En la parte más elevada, sobresalía el Alcázar, bañado en melancólico reflejo crepuscular. Ramiro recordó con misteriosa inspiración que aquellos muros habían alojado a uno de los reyes más gloriosos de la historia, a un monarca que acabó por arrojar el cetro y la corona para refugiarse en escondido monasterio; y, al pronto, el fantasma del Emperador Carlos Quinto apareció ante sus ojos con el rostro medio oculto por la capilla de un hábito.
- ¡Ah! ¡Aquel sayal sobre el dueño del mundo!...
El sol se ocultó detrás de los cerros y la ciudad tomó una coloración mustia y violácea, cual si fuera contemplada al través de transparente amatista.
Algunas vidrieras que habían flameado un instante se apagaron. Ramiro dejóse penetrar por el sagrado recogimiento, presintiendo un signo, una voz de lo alto. En ese instante, las campanas de la ciudad rompieron a tocar las oraciones. Los tañidos concertaban a distancia un canto prolongado y conmovedor que hacía pensar en las letanías de la muerte, y hubiérase dicho que la peña que sustentaba los numerosos campanarios vibraba a su vez como la caja de un órgano. Ramiro acordóse de las campanas de Ávila, de las tardes de su niñez en la torre solariega, y de su madre, siempre llorosa, siempre enlutada, siempre taciturna

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